sábado, 24 de marzo de 2018



Sin embargo, hoy

             quiero abrazar esta inseguridad, 


abrirle la puerta, 
             mirarla a los ojos
             e invitarla a pasar 
                         y cobijarla, 

porque ha venido para quedarse.


Autobiografía




Llevo alrededor de veinte días escribiendo una autobiografía. Los formatos y la información han ido variando. Hacer un currículum vitae o una hoja de vida no es en realidad hacer una hoja de vida, sino que es resumir en pocos, fríos, distantes y neutros términos aquellos acontecimientos que tienen algún tipo de validación cultural que legitiman que tengo ciertas capacidades. 
Una verdadera hoja de vida debería tener marcas de papel arrugado de estar en la cartera todos los días, aplastado y maltratado por el traqueteo, hasta manchado de café, pintura o tinta china. Incluso creo que mi hoja de vida debería verse como un papel que fue hecho una bollo chiquito en algún ataque de ira y rebelión contra el sistema y la realidad cotidiana. 
Claro que uno no puede ir por la vida mostrando el manuscrito, sería absolutamente impresentable. Como diría papá, cuando me ve por la calle en otra ciudad, después de muchos meses y con un atuendo que no comprende, ‘Creí que eras un mendigo’. 
A veces creo que el mundo sería más auténtico si mostráramos el manuscrito. Porque considero que me veo más en las manchas de café, tinta y pintura, en las mordidas al papel y las arrugas, que en las prolijas y legitimadas oraciones que me describen.




Lo que soy hoy




Me gustaría ser ordenada. Abrir y cerrar siempre los cajones, no acumular miguitas de pan en la mesa, ni manchas negras de pisar agua en el cerámico de la cocina, ni dejar que perdure el puntillismo de polvo sobre los muebles.
Querría tener el freezer siempre lleno; el sachet de leche, la bolsa de pan, el paquete de yerba y arroz, fieles, en la alacena de provisiones permanentes. Me encantaría ser de las ya hicieron la cama antes de levantarse, de las que rezan sin falta en las noches, que se sientan a escribir a la misma hora, que mantienen el placard en orden y se lavan las bombachas en la ducha. Que salen con la ropa planchada, peinadas, con perfume y se ponen crema de noche. 
Pero nunca cumplo. De a ratos incluso creo que soy dos Marina, la que se propone cosas todas los días y la que sencillamente decide en el momento que no le importa.
Me resigné con el insensible cerámico de la cocina, entendí que el freezer lleno es una utopía y que me jode que sea inversamente proporcional el tiempo que me lleva cocinar al que demoro en engullir. No me fijo en el polvo. Nunca me acuerdo de la crema, el perfume y el jabón blanco en la ducha. Y uno no puede vivir cerrando cajones y barriendose los pies. 
No es tan grave: el placard no es un bollo de ropa, el piso no es un chiquero, los platos suelen estar lavados y el baño con olor a limpio; uso el pelo atado y me pongo ropa limpia todos los días. Pero hay algo del ritual cotidiano que no logro asimilar. Vivo en el vaivén del hoy sí y mañana no. 
Me encantaría ser monje de hábitos, fiel a la cotidianeidad. Pero no lo soy. O por lo menos hoy no puedo serlo.











Inspirados en la obra de la artista argentina Claudia Fontes desarrollamos un trabajo de trasfondo filosófico,
en el que nos preguntamos por el hombre y el origen.
Nos preguntamos ¿qué existía en el principio: el huevo o la gallina?
¿Somos hijos de Dios o de la Naturaleza?
¿Fuimos o somos acaso parte de un Todo?
Somos quizás un huevo roto, en cuyo quiebre se gesta
el germen de la descomposición del final.
Podredumbre que nos devuelve al Todo.

lunes, 3 de febrero de 2014

Taller de manualidades con adolescentes, Conin Mendoza 2014


Lograr poner al servicio de otros un regalo que se me dio ha sido un regalo de plenitud, de genuina felicidad. 
La alegría del servicio hoy se hacen poesía en mi vida.