Me gustaría ser ordenada. Abrir y cerrar siempre los cajones, no acumular miguitas de pan en la mesa, ni manchas negras de pisar agua en el cerámico de la cocina, ni dejar que perdure el puntillismo de polvo sobre los muebles.
Querría tener el freezer siempre lleno; el sachet de leche, la bolsa de pan, el paquete de yerba y arroz, fieles, en la alacena de provisiones permanentes. Me encantaría ser de las ya hicieron la cama antes de levantarse, de las que rezan sin falta en las noches, que se sientan a escribir a la misma hora, que mantienen el placard en orden y se lavan las bombachas en la ducha. Que salen con la ropa planchada, peinadas, con perfume y se ponen crema de noche.
Pero nunca cumplo. De a ratos incluso creo que soy dos Marina, la que se propone cosas todas los días y la que sencillamente decide en el momento que no le importa.
Me resigné con el insensible cerámico de la cocina, entendí que el freezer lleno es una utopía y que me jode que sea inversamente proporcional el tiempo que me lleva cocinar al que demoro en engullir. No me fijo en el polvo. Nunca me acuerdo de la crema, el perfume y el jabón blanco en la ducha. Y uno no puede vivir cerrando cajones y barriendose los pies.
No es tan grave: el placard no es un bollo de ropa, el piso no es un chiquero, los platos suelen estar lavados y el baño con olor a limpio; uso el pelo atado y me pongo ropa limpia todos los días. Pero hay algo del ritual cotidiano que no logro asimilar. Vivo en el vaivén del hoy sí y mañana no.
Me encantaría ser monje de hábitos, fiel a la cotidianeidad. Pero no lo soy. O por lo menos hoy no puedo serlo.
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